Chris Anderson (editor de Wired y autor del muy recomendable The Long Tail) lleva unas semanas hablando de la idea de “transparencia radical”, aplicándola sobretodo a los media.

La “transparencia radical” parte de la idea que “lo secreto” no solo es un concepto cada vez menos real: es un mal negocio. Hace unos años alguien (un particular, una empresa) podía gestionar qué información trascendía a los demás de una forma más o menos sencilla; se estampaba un sello de “top secret” en los documentos, se intentaba controlar a posibles chivatos y poco más. Sin embargo, en un entorno permanentemente conectado y multi-multimedia, el control de la información se hace casi imposible, hay tal cantidad de posibles “fuegos abiertos” que su sola gestión ya necesitaria de personal especializado trabajando a jornada completa.

Pero Anderson va más allá. No se limita a criticar los esfuerzos por controlar lo incontrolable (algo que también suele hacer Enrique Dans), sino que propone un modelo alternativo en el que se elimina lo “top secret” y los contenidos de abren a la discusión pública.

Demasiado hippy, ¿quizás? Puede ser, expresado así, pero la verdad es que cada vez hay más indicios que avalan ese pensamiento. La revista New York Magazine dedica un excelente reportaje al final de la privacidad, y cómo la nueva generación de adolescentes están exhibiendo su vida con todo lujo de detalles desde un punto de vista sorprendentemente sano (¡y rentable!).

Malcolm Gladwell le da vueltas a un tema semejante en un articulo de The New Yorker. Comparando los escándalos Watergate y Enron, Gladwell se da cuenta de la gran diferencia entre los dos: en el Watergate la información era secreta y era necesario un “garganta profunda” para revelarla, mientras en Enron toda la información era pública; pos desgracia, había tanta y era tan compleja que nadie se atrevía a examinarla a fondo.

¿Existe ese cambio de paradigma? ¿Liberar la información aporta más a quien la libera que mantenerla en secreto? Seguramente no en todos los casos, pero sí estoy de acuerdo en que nuestra sociedad está culturalmente en “lo público”. Decenas de realities, cámaras de vigilancia en todas las esquinas, revistas y más revistas sobre “celebrities cazadas”, Flickr, YouTube, blogs, cámaras en los móviles…

Todo esto se me pasaba por la cabeza mientras asistía esta semana a un grupo de discusión. Allí tenías a 8 personas dispuestas a hablar durante horas del tema. ¿Y que hacía el moderador? Dar rodeos. Preguntar por temas generales para camuflar el verdadero tema. Dar el mismo tiempo a todas las marcas para que no se note de qué marca se trataba, reponder con un “no sé” a qualquier pregunta del grupo…

No era una mala investigación; era una investigación tradicional, trazada a partir de los principios de “top secret” que forman parte del adn de muchas empresas. Y yo pensé, ¿que pasaría si el moderador dijera de entrada para quien trabaja? ¿Y si contara a la gente qué es lo que realmente le interesa y para qué va a servir exactamente su trabajo?

La tesis tradicional es que cuando eso pasa, la gente disimula sus críticas para no quedar mal con la marca. ¿De verdad podemos mantener eso hoy en día?

¿Por qué tengo la impresión que si se les hubiera contado todo, se habrian puesto a trabajar en esas rutas creativas de una mánera más enérgica?